ARQUITECTOS DISIDENTES #1. Roberto Puig, padre del expresionismo mediterráneo

Fotografía: Archivo Roberto Puig

Brindar un soplo de aire fresco desde la modernidad constructiva es lo que hicieron en el XX, tanto en España como en Latinoamérica, los 10 nombres que conforman la nueva serie de MANERA. ¿La figura detrás de esta primera entrega de Arquitectos Disidentes? Un madrileño brutalista, con cierta predilección por el humanismo, que no le tuvo miedo al riesgo.

Bajo el sol mediterráneo no sólo resplandecen sencillas casas blancas. Otro tipo de arquitectura, surgida lejos de los focos de la modernidad, se revela como un silencio elocuente del mismo modo en que lo hace el Hotel Mojácar, la ambiciosa obra en la costa almeriense de Roberto Puig Álvarez (Madrid, 1930 – 1988) y un Aleph creativo de este olvidado arquitecto. Una casba que aglutina antiguos cánones con arriesgados postulados racionalistas. Un lugar donde las grutas naturales mutan en boites psicodélicas, donde las piscinas son cuadros inestables y los recorridos se jalonan por escaleras infinitas y arcos metafísicos. En esencia, una atalaya de ricos murales, brillantes lámparas con un diseño reciclado y sugerentes miradores que construyen un paisaje singular.

Exteriores del Hotel Mojácar. En portada, retrato de Roberto Puig, quien bebió del expresionismo europeo con referencias de José Antonio Coderch, Fernando Higueras y, en el plano internacional, también de Paul Rudolph.

Fotografía promocional del Hotel Mojácar (1969).

Vista del mural Mojácar del artista Manuel Hernández Mompó en el Bar Cueva del hotel almeriense.

El madrileño pertenece a esa estirpe de arquitectos velados por el tiempo, pese a la trayectoria que trazó prácticamente desde el primer día. De hecho, él tendría un inicio de carrera tan prometedor como convulso gracias al proyecto para el Monumento a Batlle y Ordóñez en Montevideo, desarrollado a finales de los años 50 junto a Jorge Oteiza. Su propuesta, radical y formalmente contenida, contaba con un cuerpo prismático, una viga volada perpendicular a la base del primero y suspendida sobre una losa cuadrada negra. La memoria del proyecto esgrimía unos postulados claros sobre el monumento y sus esencias trascendentales. Fue un texto que marcó sin duda alguna el devenir del joven arquitecto.

En los detalles estructurales reside la clave

En Madrid también fue profesor de la escuela de arquitectura entre 1963 y 1967, un periodo en el que Roberto Puig difundió sus ideas sobre la evolución urbana de la ciudad y de la educación como base de toda sociedad. En ese momento su propuesta para la Torre Peugeot de Buenos Aires en 1962 alcanzó notoriedad y reconocimiento: el proyecto pudo suponer el edificio argentino más alto y uno de los mayores de Latinoamérica. Lo que el arquitecto hizo fue definir una torre con una geometría en planta de doble cuadrado girado, con connotaciones formales nazaríes, desde donde organizar un conjunto repetitivo de plantas agrupadas en siete niveles con pautados retranqueos. Un apilamiento de zigurats truncados, rotados, que permitían un máximo aprovechamiento de la luz.

Fachada brutalista del Hotel Albar en Albacete, ingeniado por el arquitecto madrileño en 1968.

Manifiesto en la costa vasca

El mayor logro de aquellos años, sin embargo, Roberto Puig lo conseguiría con su propuesta para activar el solar vacante de la playa de la Zurriola en San Sebastián, mítico en la cultura de baños y casinos de finales del XIX y principios del XX. Bajo el nombre de concurso Eurokursaal (1965) y con un programa orientado hacia el uso hotelero, residencial, comercial y de ocio, el madrileño logró el único premio – accésit que el jurado consideró. Hubo que esperar a dos convocatorias más para que el proyecto de Rafael Moneo, enfocado a tal fin, fuera el seleccionado en los años 90. En cambio Puig, tal y como dejaba ver en la memoria de su propuesta, se planteó integrar en su edificio un utilitarismo tecnicista y un abstraccionismo formal, condiciones que debían unirse, sólidamente, con la realidad humana de sus usuarios.

El conjunto donostiarra lo resolvió como si fuera una serpiente de profundas escamas. Un cuerpo que enmarca vistas sobre el Cantábrico, que apuesta por el valor del módulo, agrupado y retranqueado. Que sugiere escolleras, caseríos y topografías extremas. La propuesta alumbraba un acontecimiento singular y racional, enfatizando esa unión del individuo con el programa, el espacio y, según palabras de Roberto Puig, también con una conciencia estética universal.

Los edificios que sí logró alzar

Más que un lugar, la obra construida por este genio se erigía como un concepto con el que desplegó toda su creatividad. Lo hizo en Albacete, en 1966, levantando la torre más alta de la ciudad con un cuerpo de formas facetadas en su flanco sur, y de terrazas retranqueadas hacia el este que reivindicaban, en un marco residencial, aquellos luminosos postulados enviados a Buenos Aires. En esta misma ciudad, su pequeño Hotel Albar de 1968 muestra un ejercicio magistral de un racimo de pequeños prismas que condicionan las habitaciones, al tiempo que generan una ruptura con sus vecinos. Un año después vería la luz el brutalista Hotel Claridge en Alarcón, un edificio de formas escalonadas donde la sistematización formal, la que Puig planteó en sus proyectos principales, no logra contaminar la estructura con la misma intensidad. El hotel es una sinuosa fortaleza, contrapunto artificial de las aguas del cercano embalse.

El edificio Mompó en Albacete se erige con un cuerpo de formas afacetadas y terrazas retranqueadas.

Otra perspectiva de esta obra de Roberto Puig en la ciudad manchega.

La gran joya integrada al paisaje

Pero, sin duda alguna, Mojácar representa en la biografía del madrileño su íntima arcadia, el lugar desde el que comprender el conjunto de su trayectoria. Planteó su posible ordenación urbana atendiendo a la topografía, buscando añadir unas nuevas mimbres, agrícolas, industriales y turísticas para un desarrollo integral. Roberto Puig propugnó la atracción de intelectuales y artistas que deberían impulsar un foco cultural de primer nivel, una estrategia que buscaba su cénit en la creación de la Universidad del Mediterráneo. El arquitecto promovió directamente el Hotel Mojácar en 1969, el primero de entidad en el sitio y muy criticado por algunos todavía hoy, reformado posteriormente lejos de la sensibilidad que lo levantó.

Así era el interiorismo del Bar Cueva adentro del Hotel Mojácar, diseñado por Roberto Puig.

Banco semicircular y chimenea a cargo del madrileño para el bar del hotel.

La de Mojácar era una edificación compleja que se desplegó desde la cota superior del pueblo ocupando un frente de cerro amplio. Su formalización atendió a ciertas características vernáculas como los huecos contenidos, los retranqueos irregulares y los pequeños volúmenes, a la vez que desde el propio complejo emergían terrazas que mostraban trazas abstractas. Tales pautas crearon una casba blanca, con rincones enigmáticos, como la cueva natural que fue incorporada a la operación. Un complejo donde Puig diseñó mobiliario como la reciclada lámpara de la recepción y murales de materiales diversos, incluso, con sorprendentes restos del suceso nuclear del vecino Palomares. En esa ciudadela, Manuel Hernández Mompó participó con un mural de gran formato que añadía una capa más de riqueza a todo su interior. Una obra que deviene en constelación creativa anclada en un tiempo pasado.

Escalera principal del alojamiento turístico ideado por Roberto Puig en Mojácar.

Otra vista del Bar Cueva.