ARQUITECTOS DISIDENTES #2. Mario Catalán Nebot, propulsor de la geometría radical

Si hay alguien que en el siglo XX supo darle un punto de atrevimiento a la arquitectura catalana, tanto la de su costa como la del Eixample de la Ciudad Condal, es esta figura bastante desconocida que estructuró sus edificios residenciales y de oficinas con formas altamente valientes y arriesgadas. Hoy analizamos quién está detrás de estas obras.

Pocos datos se conocen en la breve biografía de Mario Catalán Nebot (1928 – 1973). De esta figura extremadamente singular se sabe, eso sí, que en 1958 obtuvo su título de arquitectura en Barcelona para, al cabo de tres años, optar a la plaza de arquitecto municipal de Badalona. También que vivió en un momento en que la Ciudad Condal supuso un hervidero creativo, y donde la gauche divine marcaba el paso en la escena local. Nombres como Ricardo Bofill y Óscar Tusquets se veían como emblemas de aquella órbita de antaño. Y, en ella, la mítica Tortillería Flash Flash diseñada a finales de los 60 por Federico Correa y Alfonso Milá presentaba una forma distinta de hacer arquitectura y diseño; creó un lugar contaminado de brumas inglesas. Un local bastante inusual para el tiempo y la urbe, al igual que el escaso legado de Catalán.

Tanto en portada como en esta imagen, perspectiva de la Vivienda en Sant Pol de Mar proyectada por Mario Catalán Nebot. Hoy la casa está a la venta. Foto: Premium Houses.

La casa a cargo del arquitecto en la costa de Barcelona plantea una geometría estructural muy similar a la de las viviendas Casa del Futuro de 1929 y Casa Henriksen, de 1957, ambas de Arne Jacobsen. Foto: Premium Houses.

Porque su trabajo fue literalmente así, escaso. El arquitecto no dejó tras su paso una gran obra, ni por número ni por dimensiones. Las viviendas y las oficinas fueron la vía con la que más desplegó su creatividad, que en verdad era más afín con la realidad europea del momento que con la tónica general de su contexto. En Reino Unido contaban con el grupo Archigram, Superstudio impactaba en Italia y en Austria lo hacía el HRC; significaban epítomes de una arquitectura fresca, crítica y también muy divertida. En ese mismo punto, en España el desarrollismo económico marcaba la producción inmobiliaria y el estallido turístico se apoyó en unos códigos estilísticos repetitivos en la mayor parte de la costa. Pero las obras de Mario Catalán, pese a ubicarse muchas de ellas en el litoral catalán, supieron contrastar decididamente con todo lo que las rodeaba.

La curva como protagonista de su estilo

Las radicales y pautadas geometrías que el arquitecto empleó en su día, de hecho, marcaron unos trabajos que no se sometían a dictado alguno previo. Eran lienzos independientes, odiados por algunos y de recuerdo indeleble para otros, en los que la circunferencia pasaba a ser el elemento esencial. Y si bien es cierto que la curva condiciona fuertemente cualquier espacio, Mario Catalán logró manejar el interior con una precisión divisoria y funcional capaz de asimilar y potenciar esa realidad geométrica. Se puede ver en sus Viviendas en Arenys de Munt, que emparentan con la moscovita Casa Melnikov de 1927, del mismo modo en que lo hacía la Casa Corbera de hormigón visto, en este caso, adaptándose a una topografía escarpada.

La cerámica está presente tanto en la fachada como en las chimeneas de boca ovalada de esta casa en la costa barcelonesa, certificando la continuidad de materiales entre el exterior y el interior. Foto: Premium Houses.

Otra perspectiva del proyecto residencial firmado por el arquitecto en Sant Pol de Mar. Foto: Premium Houses.

En ambos proyectos el arquitecto contaba con un zócalo que definía un plano artificial de aislamiento. Y lo hacía de la mano de pilares que dejaban plantas bajas diáfanas y con la curva como arma de singularización perceptiva y vivencial. Aunque quizás la más contundente de estas residencias aisladas fue la Vivienda en Sant Pol de Mar, un círculo único perfecto que todavía hoy se encara desde lo alto de un cerro con el Mediterráneo. Una pieza con interiores de materiales propios del momento como la madera, el metal y la piedra, los cuales se contraponen con la visión acristalada del paisaje circundante, mezcla de bosque y mar, mientras que su centro aparece gobernado por una nueva circunferencia. La de la chimenea y la bancada que la abraza.  

De nuevo, la chimenea que preside la casa en Sant Pol de Mar diseñada por Mario Catalán. Foto: Premium Houses.

De entre los ejemplos de obras aisladas de Mario Catalán difícil es que pase desapercibido su Edificio Sol en Lloret de Mar, el cual se ingenió como un cilindro de once plantas circundado en todos los niveles por terrazas uniformes y que alcanzaba su punto álgido, en el solárium de la cubierta, mediante una pérgola perimetral. Ese suave oleaje triangular, antesala de la piscina que todavía hoy remata el edificio, hacía de frontera entre el complejo y su cielo protector. ¿Y qué hay de la curva? En la obra estaba presente, pero no era una realidad orgánica libre. Venía definida por radios concretos, por dimensiones precisas como dan cuenta ciertas celosías, así como las columnas que hacían de estructura vista exterior para insistir en esa forma concreta.

Su visión rupturista en la Barcelona del XX

Más allá de Antonio Gaudí, Domènech i Muntaner o Puig i Cadafalch, también hubo otros arquitectos que supieron romper con el halo homogéneo de la trama urbana de la Ciudad Condal, dominada en gran parte por el Eixample. Y Mario Catalán fue uno de esos perfiles. Las intervenciones rupturistas que él diseñó planteaban fachadas que entran en resonancia con ciertos postulados de Gio Ponti. Su bloque más llamativo, además, se finalizó después de su muerte: el Edificio de Oficinas Carrer S. Antoni Maria Claret, de aire gaudiniano, incorporaba un proceso de doblado del plano de fachada. Su geometría se presentaba como una caja torácica, de ondas regulares, planta a planta, recubiertas por una cerámica vitrificada azul.

Vista del Edificio de Marià Cubí, 81 proyectado por el arquitecto Mario Catalán en la Ciudad Condal. Foto: Igor Russo.

Así es el Edificio de Oficinas Carrer S. Antoni Maria Claret. Foto: Igor Russo.

A su vez destacó el Bloque de Apartamentos València, 384, donde el famoso círculo de Catalán emergía en veintiocho miradores, como anillos extrusionados cual Tumba de Eurisacio, que delimitaban visiones inauditas para sus moradores y viandantes. En paralelo, el Edificio de Marià Cubí, 81 guardaba de nuevo esta máxima de cerramientos alternativos a los de sus vecinos que condicionan la experiencia de habitar y trabajar en ellos. Las aperturas delimitaban una nueva realidad en la ciudad, medida, seriada y sorprendente, que bien resumieron el soplo de aire fresco que enfundó a la arquitectura de entonces este perfil enigmático que hoy toca revindicar y dar a conocer. Sobre todo, para poder ir descubriendo cada vez más y más detalles de su mínima pero gran expresiva obra.

El Bloque de Apartamentos València, 384 llama la atención en Barcelona por los encuadres individuales que forman sus pequeños cilindros con forma de cristal. Foto: Igor Russo.

Otra perspectiva del Edificio de Oficinas Carrer S. Antoni Maria Claret del arquitecto Mario Catalán. Foto: Igor Russo.

El chaflán barcelonés en el carrer Vilamarí, 81, cubierto de paneles ligeros y ventanas contrapeadas, adquiere una nueva dimensión expresiva gracias al riesgo creativo de Mario Catalán Nebot. Foto: Igor Russo.