Albert Florent, artista: “Cada vez que perdemos un edificio, parte de nuestra identidad se va con él”

Con una de sus últimas series, el madrileño afincado en Barcelona pinta, cuenta y pone en valor la historia de los pueblos que trajeron la arquitectura vanguardista a una España encerrada en el franquismo.

Fue a través de su amigo Sete Álvarez y después, tras una conferencia de Luis Fernández-Galiano, ambos arquitectos, como el pintor Albert Florent (Madrid, 1984) empezó a representar los poblados de colonización en sus obras de arte. Son lienzos donde mezcla acrílicos, bolígrafo y lápiz. “Lo que me atrae de ellos es su peculiaridad, su singularidad y lo desconocidos que siguen siendo hoy”, cuenta el artista. Un poco de contexto: los poblados de colonización agraria son alrededor de 350 pueblos que levantó la dictadura franquista, de la nada, por toda la península española entre 1940 y 1970. El objetivo era reconvertir tierras de secano en zonas de regadío. Persiguiendo los ideales de una España rural, trabajadora y eclesiástica, el régimen movilizó a 55.000 familias y les proporcionó una vivienda digna y tierras para trabajar, a cambio de un porcentaje variable de la cosecha obtenida.

San Isidro de Albatera, Alicante (2020). Acrílico, bolígrafo y lápiz sobre lienzo. En portada, la obra de Albert Florent, realizada con la misma técnica, Cementerio de Zurbarán, Badajoz (2020).

Los nuevos colonos acabarían obteniendo la propiedad de sus viviendas, aunque en algunos casos eso no pasó hasta 40 años después. “Creo sobre todo en los planteamientos urbanísticos y arquitectónicos de distribución espacial que se llevaron a cabo, donde existían todos los servicios necesarios a disposición del ciudadano”, explica Albert Florent. “Pero no tanto en el desarraigo que provocaron en su momento esos movimientos humanos, a cambio de una casa y la explotación de unos terrenos que, no hay que olvidar, era al fin y al cabo el método de pago de la deuda del colono para con el Estado”.

Nadie se imaginaría una arquitectura así

Lo curioso de esta historia es que, de manera fortuita o sin intenciones por parte del régimen, algunos de estos pueblos presentan un diseño que persigue ideas vanguardistas aún no vistas en España. Por suerte para todos, un grupo de jóvenes arquitectos, entre ellos José Luis Fernández del Amo, Alejandro de la Sota, Jesús Ayuso Tejerizo o Antonio Fernández Alba, resultaron estar en el momento justo y en el lugar adecuado. Lo que hicieron fue dotar al mundo rural de una arquitectura racionalista que se adaptaba perfectamente a la vida agraria local. Muchos de ellos visitaron previamente los alrededores y entendieron su estilo de vida. De ahí, in situ, sacaron la inspiración.

Casas de colonos en Vegaviana, Cáceres (2020). Otra de las obras de esta serie de Albert Florent realizada en acrílico y rotulador sobre lienzo.

La pirámide, San Isidro de Albatera, Alicante (2021). Acrílico sobre lienzo.

Pueblos como Vegaviana, Realengo o San Isidro de Albatera, reproducidos por Albert Florent, presentan una arquitectura popular con casas urbanas de muy baja densidad, escasos materiales y muros macizos. Aunque, sorprendentemente, en estas construcciones se perciben formas abstractas, ideas vanguardistas y esquemas que se acercan a los planteamientos de Le Corbusier décadas atrás. La iglesia de Villalba de Calatrava, por ejemplo, cuenta con un mural del pintor informalista Manuel Hernández Mompó y un retablo conceptual de Pablo Serrano. Pero por desgracia hoy no quedan apenas habitantes que los disfruten. “Como me pasa con la mayoría de los lugares en España, me produce cierta desazón y tristeza pensar en lo que fueron visualmente estos pueblos y lo que actualmente son”, comparte el artista.

Rescatando lo olvidado

“Por otro lado”, añade, “se siente una cierta fascinación con este tipo de arquitectura, ya que te envuelve un entorno especial, poco común. Recorrer el trazado reticular, contemplar la uniformidad de las casas encaladas de blanco, pasear por las galerías de las plazas, introducirte en la iglesia y darte cuenta de que los elementos que la componen no son los que estamos acostumbrados a ver”. La obra de artistas como Albert Florent es imprescindible para transmitir a la sociedad el gran valor que tienen estas más de 300 joyas arquitectónicas que hay repartidas por toda la península. En sus propias palabras, “poner en valor el patrimonio arquitectónico significa apreciar uno de los grandes estandartes culturales que tenemos ya que, cuando perdemos un edificio”, concluye, “este desaparece para siempre y con él se va parte de nuestra identidad”.

Casa de colono en el Realengo, Alicante (2020). Acrílico, rotulador y lápiz sobre lienzo.

Retrato de Albert Florent.