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PINTORES OLVIDADOS #5. Margarita Gil Roësset, artista prodigio de la escultura y la ilustración

Fotografía: Archivo Margarita Gil Roësset

La madrileña perteneció a esos pocos elegidos cuyo talento y sensibilidad les dotaron de un halo casi mágico. Su pasión por cada aspecto de su vida fue tal que no pudo superar un amor imposible, el que profesaba en secreto a Juan Ramón Jiménez. Nadie como ella captó en sus obras el espíritu atormentado del XX.

Pertenecía nuestra protagonista a la saga Roësset, una familia acomodada y culta, prolífica en mujeres progresistas, artistas e independientes. En una época en que la mayoría aprendían a bordar o a buscar marido, las Roësset se imbuían de aritmética, dibujo, música o literatura. Juan Ramón Jiménez describía así a Margarita Gil Roësset (Las Rozas, Madrid, 1908-1932) en uno de sus escritos. “Marga era de verdoso alabastro, con ojos hermosos y tristes, y pelo liso castaño. Llevaba el alma fuera, el cuerpo dentro…”. A partir de los ocho años empezó a dibujar para los libros de su hermana Consuelo por imperativo de su madre a cambio de la merienda.

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Ilustración de la madrileña para Rose des Bois (1923).

Así es la línea estética que impera en Canciones de niños (1932) de Margarita Gil Roësset.

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La obsesión por el detalle de la artista se aprecia también en El niño de oro (1920).

Las dos hermanas eran, en esencia, un dúo rompedor. Consuelo escribía cuentos que ilustraba Marga. Los dibujos de ella, a esa edad temprana, eran de una calidad y de una modernidad tan extraordinaria que han sido equiparados por expertos con los de Doré y Piranesi. La corta trayectoria artística de la madrileña la plasmó en El niño de oro (1920), Rose des Bois (1923) y Canciones de niños (1932). Este último se publicó en París más de una década antes de que Antoine de Saint-Exupéry escribiera El Principito y se dice que el francés se inspiró en las pinturas de Margarita Gil Roësset para ilustrar el suyo. Alumna del pintor López Mezquita, pronto ella se niega a encasillarse. Su fuerza sobrepasaba los convencionalismos del arte.

Algo parecido le ocurre cuando comienza a esculpir al inicio de los años 20, fecha en la que su madre le presenta al profesor de Bellas Artes Victorio Macho. Impresionado ante el inconmensurable talento de la joven, se confiesa incapaz de aportar más a su formación. En 1930 presenta su Adán y Eva al Premio Nacional de Escultura y deja sin palabras a la crítica. Sigue compaginando la escultura con sus dibujos como Mi amiga negra (1930), Hermanos (1931) o El abuelito sabio (1932).

Sobre su vida personal

A pesar de Margarita ser una persona solitaria por aquellos años, Gil Roësset conoce al matrimonio de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, pertenecientes a la élite intelectual de la época y con los que entablará una profunda amistad hasta el final de sus días. Tanto Marga como Consuelo admiraban profundamente a Zenobia (casi más que al poeta) por las traducciones de Rabindranath Tagore. Pero conocer a Juan Ramón, para Marga supuso el inicio de un amor imposible que se fue fraguando poco a poco pese a las reticencias de la joven. El poeta tenía 51 años y estaba felizmente casado. Era una obsesión atormentada e irracional, según ella misma reconoce en su diario: “Querría no quererte tanto. En el amor no cabe una intervención razonada, quieres o no quieres”.

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Zenobia Camprubí es la escultura en piedra que finalizó la madrileña en 1932.

Escultura en yeso Adán y Eva (1930) de Margarita Gil Roësset.

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Una Marga desaforada cincelaba la piedra del busto de Zenobia todos los días en casa del matrimonio de forma casi febril. Así lo describe el propio Juan Ramón: “Trabajaba hora tras hora sin descanso, de pie, con dolor físico, cabeza, hígado, muelas. Se deshacía las manos, se caía, se hería. Manchada de yeso, los ojos de piedra cobraban una belleza ácida, una expresión ingente. Se iba ya de noche, corriendo”. La obsesión ya crece sin freno, la dieta de la artista se reduce a litros de café y a pocas horas de sueño. Marga retrata, pinta y esculpe de manera frenética hasta que una mañana de 1932 decide acabar con su vida.

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Escultura en piedra realizada por Margarita Gil Roësset.

Antes de perder la vida, la artista trabajó en sus obras de forma compulsiva.

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A la altura de un personaje de Shakespeare

La figura de Margarita Gil Roësset alcanzó un relativo reconocimiento a finales de los años 20 y principios de los 30, aunque se truncó de forma abrupta con su trágica muerte. Esta afectó profundamente al matrimonio, sobre todo al poeta ya que antes de suicidarse ella le había entregado una carpeta amarilla con la indicación “No lo leas ahora”. Él creía que eran poemas, pero la carpeta atesoraba la declaración de amor de la madrileña.

Es sin duda el paradigma de artista maldita, sensible, de incomparable talento y tan amante de la belleza que a veces alcanza cotas de personaje de Romanticismo y, como tal, la historia parece predestinada a este final. La obra de la artista queda ensombrecida por su historia y por ella misma, que antes de morir recopiló gran parte de su obra para su destrucción y así no dejar huella alguna de su producción. Al morir Juan Ramón le dedicó estas palabras a Margarita Gil Roësset: “Si pensaste al morir que ibas a ser bien recordada, no te equivocaste, Marga. Acaso te recordaremos pocos, pero nuestro recuerdo te será fiel y firme. No te olvidaremos, no te olvidaré nunca”. 

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Otro fragmento de las ilustraciones de El niño de oro (1920).

Acuarela Grupo (1932) firmada por la artista madrileña.

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