Por María Alcocer

El textil latino emerge con una generación de jóvenes que abrazan el pasado

Recorremos la trayectoria de cuatro creativos que están revolucionando el campo de los textiles a lo largo de toda Latinoamérica, a base de conjugar la artesanía de ayer (la de sus propias culturas) con un diseño contemporáneo y de vocación muy internacional.

Sus manos son el testimonio de su visión, audacia y fervor por el trabajo labrado en comunidad. Sus piezas son gran ejemplo de la creatividad, la autenticidad y la calidad de una nueva generación de mentes creativas cuyo imaginario solo sabe de textiles naturales, formas orgánicas, colores vibrantes y patrones divertidos. Con un rico patrimonio cultural, enorme compromiso y una vasta diversidad de estudios ajustados al ritmo de nuestros tiempos, Latinoamérica encabeza el mapa internacional del diseño artesanal. En MANERA compartimos cuatro figuras que sí o sí toca conocer.

Puna, los regios del Perú más auténtico y ancestral

Pese a que la interiorista Mariana Otero y el artista plástico Yerko Zlatar comenzaron cada uno por su cuenta, los dos decidieron mudarse juntos de Lima a Cuzco. En esa pequeña ciudad llena de historia y tiendas de artesanía ambos vieron que no había ninguna propuesta de diseño contemporáneo, al menos no una que fuera interesante y a la vez honrara a la tradición, por lo que Otero y Zlatar alquilaron un pequeño espacio en el centro histórico e iniciaron un proceso de comisariado con lo más sobresaliente de la escena local. Pero no solo eso, con el tiempo ambos empezaron a esbozar y producir sus primeras piezas y de ahí nació su propia marca, al tiempo que fundaron el estudio Puna. De acuerdo a ellos, “una especie de laboratorio creativo que nos permitió no solo desarrollar nuestra marca, también trabajar diseño de producto, dirección de arte, proyectos de interiorismo y gráfica para negocios locales y marcas independientes”.

Uno de los tapices de Tierra, la colección de Puna hecha con fibras naturales que rodea a Mariana Otero en el retrato.

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Tapiz Tetris, diseñado por Yerko Zlatar (quien lo sostiene) y tejido a mano con lana de oveja.

Sus colecciones cuentan con piezas textiles hechas 100% de lana de oveja, cerámicas con distintos tipos de arcilla y lámparas en “Tamshii”, una liana que se encuentra en la amazonia peruana. “La mayoría de nuestras piezas están hechas con fibras naturales, aunque también usamos sintéticas como la driza con la que hacemos algunos diseños de lámparas y sillas”, subrayan. Los textiles los trabajan en Lima, Junín y Huancayo. La mayoría los desarrollan con la comunidad de tejedores de San Pedro de Cajas, en Junín, mientras que algunos otros se confeccionan con tejedores de la comunidad Shipiba de San Vicente de Loreto, en la selva del Perú.

En Puna también están experimentando ahora con distintas técnicas, como la tradicional de telar a pedal y la del relleno o “del Vellón” la cual consiste en introducir gruesas porciones de lana cardada en la urdimbre para producir un tapiz con escenas figurativas, una pieza emblemática del pueblo de San Pedro de Cajas y, en especial, de Santiago Páucar Amaru donde se popularizó. A estas técnicas tradicionales Puna les da un toque único al incorporar otras contemporáneas, por ejemplo la “tufting gun”, con el propósito de crear una sinergia entre el diseño moderno y la artesanía más histórica, con ecos a las antiguas culturas precolombinas y textiles del Perú, como Paracas o Huari, de las que este dúo reconoce inspirarse bastante.

El fique colombiano revive con la colombiana Alejandra Aristizábal

Nacida en Manizales, Colombia, y rodeada de cultura y tradición desde bien pequeña, lógico es que Aristizábal desarrollara gran interés por la artesanía. Su primera exploración como artista sucedió durante su carrera en Miami, mientras estudiaba artes visuales y sintió la necesidad de reflexionar sobre sus raíces. Fue ahí cuando se encontró con el fique, un material conocido en su versión procesada como “cabuya”, a lo que se le sumó el hecho de haber crecido en una de las zonas cafetaleras más importantes del mundo y desde chiquita veía la cabuya utilizada de diferentes formas. “Supe que antes de la cabuya está la fibra del fique y empecé a preguntarme qué había detrás de ese material, quiénes lo cultivan, dónde y en qué condiciones se producía”, explica ella.

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La naturaleza, las narrativas sociales y las tradiciones manuales son varios de los temas que se ven reflejados en la obra de Aristizábal, en el retrato de arriba. 

El fique, también conocido en su versión procesada como “cabuya”, es el material principal de la diseñadora.

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Para ese entonces ya tenía claro que una de las prioridades de su obra era no causar daño al medio ambiente y también sabía que su arte debía tener un trasfondo que hiciera referencia al lazo que hay entre las personas y la naturaleza. Que tocara lo humano y lo natural, vaya. “Quise integrar a los cultivadores de fique dentro de mi proyecto y, es más, un porcentaje de la venta de mis obras va para los campesinos que lo cultivan, porque ellos son parte vital del trabajo”, añade.

Inspirándose en Pierre Jeanneret, Doris Salcedo, Louise Bourgeois y Yayoi Kusama, Aristizábal busca hoy mostrarle al mundo un material que caracteriza muchas de las artesanías y construcciones típicas de Colombia. Un material que se utiliza para unir cosas “y que puede también unirnos como personas mostrando mucho de lo que somos: naturaleza, resistencia, flexibilidad y color”. Lleva ocho años trabajando con fique y para ella es clave que su arte sea orgánico, que provenga de la naturaleza. También es parte esencial de su obra poder transmitir paz, tranquilidad y armonía, cuenta: “Trato de hacer con mis manos lo opuesto a lo que suele hacer mi mente y me gusta poder crear eso a lo que aspiro. A veces soy una mujer de pocas palabras y mi forma de comunicarme es a través de lo que nos rodea”.

Explorando el territorio bajo la visión del peruano Rafael Freyre

En su estudio homónimo, Freyre aúna sus dos grandes pasiones, la interpretación y la arquitectura, casi siempre combinándolas con las artes visuales y el diseño. “Inicialmente mi trabajo fue el teatro y la danza, algo que luego se complementó con otras experiencias”, avanza. Dentro de su despacho él plantea a mano y con materiales naturales piezas extremadamente sensoriales, creadas de forma colectiva entre artesanos y perfiles de otras disciplinas similares. Y con una inspiración que llega de la diversidad y el flujo de los territorios: el agua, sus ecosistemas animales, vegetales y minerales, y de cómo todos estos elementos se relacionan y se transforman al igual que los humanos, el arte y el diseño. 

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De la mano de su equipo, Freyre confecciona piezas en su mayoría de gran formato. Foto: Juan Pablo Murrugarra.

El tejido Río Amazonas, obra de Rafael Freyre y Ana Barboza, se ha bordado a mano con algodón y lana de oveja teñidos con colores botánicos por diferentes comunidades en los Andes y la costa. Foto: Mariana Achach.

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Obra Canastas Unidas hecha con fibras vegetales, junco y totora. Foto: Juan Pablo Murrugarra.

Ojo a lo que comenta Freyre: “En Latinoamérica podemos decir que todo diseño es artesanal, por nuestra historia y relación cultural con lo sensorial. No somos una sociedad industrializada o mecanizada, sino que creamos piezas únicas con las manos y en procesos más lentos relacionados con nuestro territorio, clima e imaginarios”. Es justo lo que hace él con sus colaboradores, con quien trabaja con materiales naturales, fibras vegetales y plantas tintóreas. Las paletas cromáticas las eligen dependiendo de las estaciones del año, la disponibilidad y del proceso de hilado y teñido que realizan las comunidades de la costa, la amazonia o andina del Perú.

“El tejido es un arte sensorial que nos permite acercarnos a comprender el hábitat. En el Perú antiguo, hace más de 9.000 años atrás, el ser humano tejió una red y pudo pescar. Luego tejió una bolsa y una canasta y pudo transportar el pescado. Después tejió un bote de totora y pudo correr las olas y viajar a otras islas y relacionarse con el océano y otras culturas. Y así, el tejido ha sido el inicio de nuestra civilización, un lenguaje, una manta, un techo, un puente…”, sentencia el diseñador.

Agostina Branchi se ha propuesto un reto: hilar su propia arquitectura con herencia chilena

Argentina de nacimiento y con residencia en Santiago de Chile, Agostina Branchi estudió arquitectura y, después de ejercer durante siete años, decidió cambiar de rumbo para experimentar con el diseño industrial, del que se enamoró y al que poco a poco le fue imprimiendo una identidad artesanal. De hecho, durante cinco años consecutivos expuso sus piezas tanto en el Salone del Mobile de Milán como en la feria de Nueva York WantedDesign, a la vez que llevó la dirección creativa de dos empresas italianas, Elvis Tafaruci y Domitalia, en las que sintió la necesidad imperiosa de trabajar con las manos. Eso lo cambió todo: “Me instalé en Chile y me especialicé en el arte textil con bases arquitectónicas, desde una mirada y un enfoque muy puesto en lo manual”.

Así es Este, la pieza que dio inicio al estudio textil de Branchi caracterizado por las técnicas artesanales que sigue su responsable. Foto: Lorenzo Jaar. En la otra imagen, plano detalle de la pieza Mboyere. Foto: Gabriel Guadagnin.

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Pokoka es una obra minimalista de Branchi creada para la muestra Arquitectura Dócil en la Galería Nac de Santiago de Chile. Foto: Sebastián Mejía.

Su proyecto, dice, lo comenzó de un modo particular: “Acercándome a artesanos de mi lugar de origen, Corrientes, donde yo diseñaba y ellos producían. Siempre observando muy de cerca y un tanto curiosa, hasta que fui descubriendo mis manos y creando mis propias piezas”. Branchi está en constante búsqueda de materiales, aunque con una gran predilección por los hilados de acrílico, el cuero, el algodón y la seda, con los que juega a contrastar sus texturas, opacidad y brillos, aplicando técnicas de distintas culturas como el embarrilado, la cestería, el telar y la soguería criolla.  

En cuanto a su proceso creativo, la argentina cuenta con varios pasos antes de empezar una pieza. Primero define los colores y luego la espacialidad (“siendo arquitecta para mí es fundamental proyectarlo en el espacio”, añade), y por último viene el boceto tanto a mano como digitalmente. Ya definida la morfología, el resto resulta muy metódico: medir, cortar y contar, para luego dar protagonismo a sus manos y que vayan construyendo la pieza. Respecto a la inspiración, Branchi la encuentra no solo en la arquitectura. También en la naturaleza, la moda y en su intuición. ¿Sus referentes? Ella misma los cita. Son Ronan y Erwan Bouroullec, Isamu Noguchi, Nendo, Hella Jongerius, Sheila Hicks o Anni Albers. En definitiva, grandes clásicos del diseño y la artesanía a los que les sigue la pista (o su legado) muy de cerca.