La exposición de Cartier llega a Ciudad de México enfatizando la historia de la actriz María Félix.

Más de 160 joyas del archivo de Cartier aterrizan en el Museo Jumex de Ciudad de México

Fotografía: Cortesía de Cartier

La herencia de la Maison francesa deslumbra en la ciudad latinoamericana con una muestra que, a través de la arquitectura efímera de Frida Escobedo, comparte varias de las piezas más emblemáticas de la firma, entre las que se encuentran las de La Doña.

Una muestra como nunca antes vista. El diseño de Cartier. Un legado vivo emprende un extraordinario viaje a través de la historia de la casa francesa joyera y sus icónicas creaciones, marcando un punto de inflexión además. Porque la exposición supone el regreso de la colección Cartier a la Ciudad de México, concretamente al Museo Jumex de la ciudad, después de muchísimo tiempo: ya lo hizo con una primera muestra que se titulaba Resplandor del tiempo 24 años atrás, en 1999, en el Palacio de Bellas Artes. Ahora, la idea de la comisaria Ana Elena Mallet, especialista en diseño contemporáneo, es que hasta el próximo 14 de mayo el visitante pueda conocer a fondo, aún más, el proceso creativo y la artesanía de la firma desde una perspectiva histórica.

El Museo Jumex, donde se alberga la muestra de Cartier desde este mes de marzo, es una obra del arquitecto David Chipperfield. La exposición viene con más de 160 joyas y objetos de la distintiva colección de la casa, así como de colecciones privadas y documentos de archivo.

Hebilla de cinturón de escarabajo, obra de la Maison de 1926 para Linda Lee Thomas, esposa del músico Cole Porter.

En la exposición, de hecho, cualquiera podrá remontarse a 1933, cuando Jeanne Toussaint no solamente se convirtió en la primera mujer directora creativa de la casa, también en la primera en tener un puesto de tal importancia en el mundo de la joyería durante la época. Louis Cartier confiaba plenamente en su gusto, por lo que puso las colecciones de la marca en sus manos. La icónica pantera, serpientes, cocodrilos; el estilo guirnalda, al igual que motivos inspirados en diferentes culturas, como el antiguo Egipto, India, Asia y Medio Oriente, son los temas más emblemáticos que han cobrado vida en las piezas de alta joyería en la trayectoria de la firma.

Herencia pionera

Lo explica la comisaria. “Jeanne Toussaint fue una gran revelación. Imprimió su espíritu en el ya reconocido sello de la Maison y logró darle una imagen más poderosa, creativa y elegante”. En 1983, Cartier se embarcó en una de las misiones más ambiciosas, la de recuperar piezas icónicas firmadas por la marca alrededor del mundo, dando pie así a la colección Cartier la cual incluye ahora joyas que se remontan a 1850 y, muchas de ellas, realizadas en exclusiva para personajes emblemáticos. “Si bien la joyería es un adorno, también es cultura. Ayuda a entender un momento de estilo en la historia que ya no existe”, cuenta Mallet.

Para Linda Lee Thomas, en 1905 Cartier ideó esta pulsera con correa tutti frutti.

Entre las figuras estaba la Princesa Margarita de Inglaterra, la Duquesa de Windsor, Wallis Warfield (esposa de Eduardo VIII), la socialité aristócrata y filántropa Barbara Hutton, Elton John o, entre otros, la actriz Gloria Swanson. Hubo también figuras latinoamericanas a la altura del aviador brasileño Alberto Santos-Dumont o José Yves Limantour, ex secretario de Hacienda de México, que es concretamente uno de los que en 2023 aparece en El diseño de Cartier. Un legado vivo. Con joyas, relojes y objetos decorativos, la muestra sitúa a la Maison en México a través de un recorrido que vincula la historia de la marca con la arquitectura, la materialidad y la artesanía del país. 

Una de las piezas más icónicas en la joyería de la Duquesa de Windsor, Wallis Warfield, es este broche de flamenco colorido firmado por la firma francesa.

Los aretes de serpiente de oro y esmalte turquesa de la actriz María Félix, presentes en la muestra de Cartier, tienen ojos de rubíes y diamantes.

No es una exposición cualquiera

La arquitecta mexicana Frida Escobedo, la primera mujer en diseñar un ala del MET de Nueva York, la de Oscar L. Tang y H.M. Agnes Hsu-Tang, ha sido la encargada de la museografía de la exposición. O sea, que ha sido ella quien ha diseñado los espacios de cada una de las cinco temáticas o episodios en los que Mallet divide la muestra y, para ello, partió de las fotografías que Josef Albers tomó de las pirámides de Tenayuca, en el Estado de México, durante la década de 1930. Evocando la arquitectura prehispánica, los espacios interiores se llenan de oscuridad con el objetivo de que el visitante concentre su atención en las piezas de la exposición. 

“Quería representar un espacio que llevara al origen. Es decir, a la tierra, a la mina, a un lugar que te recordara a una cantera y, con ello, que ofreciera un recorrido por la historia y el ADN de Cartier”, informa Escobedo. Lo que se hizo fue alzar toda una serie de muros hechos a mano con unos mil paneles de hormigón que serán reciclados al concluir la muestra, según la arquitecta. “La intención es que haya la menor cantidad de desperdicio”. De acuerdo a ella hay también parte de originalidad. “Exhibir las piezas de manera cronológica, combinadas con todos los procesos creativos, el material de archivo, los dibujos y las piezas tridimensionales de yeso, es una historia que no se había visto antes en México”.

La Doña con sus aretes de serpiente de Cartier en 1971 durante una carrera de caballos en París.

La actriz mexicana fue una de las grandes figuras en la historia de la marca francesa. De ahí que se le haya otorgado tanto protagonismo en esta muestra de 2023.

Un final de diez

El último de los cinco episodios de la muestra está destinado, cómo no, a María Félix, la actriz conocida a nivel internacional por sus papeles en los filmes de Luis Buñuel, Jean Renoir y Emilio Fernández. El diario estadounidense The New York Times llegó a etiquetarla como la Diosa suprema del cine en español. Lo curioso fue que Félix no aprendió inglés a propósito y tampoco apareció en ninguna producción de Hollywood, pues no quería ser estereotipada. Alcanzó el estatus de icono durante la época dorada del cine mexicano, además de convertirse en una musa de la moda, en gran parte por su enorme colección de joyas entre las que destacaban varias de Cartier.

La actriz mexicana con el collar Serpiente de Cartier.

El collar, de 178,21 quilates, fue comisionado por La Doña en 1968 y está elaborado en platino, oro blanco y oro amarillo, con 2,473 diamantes, dos esmeraldas en forma de pera (para los ojos) y esmalte verde, rojo y negro.

Otra de las imágenes de Félix con su collar Serpiente.

A María Félix se la conocía también por su excentricidad. En 1968, la diva encargó a la casa francesa un collar con forma de serpiente, una pieza única en la historia de la joyería por su ingeniería y diseño. Era un reptil de 57 centímetros de largo con una estructura totalmente articulada y un pavé de 2,473 diamantes. Una de las leyendas cuenta que en 1975 María Félix entró decidida a la boutique de Cartier en Rue de la Paix en París, con ella llevaba un cocodrilo vivo como referencia para que le hicieran un collar a manera de réplica de su exótica mascota. 

El resultado fue una gargantilla con dos cocodrilos abrazados, hechos de oro amarillo y oro blanco, con diamantes amarillos, esmeraldas colombianas y rubíes. Al morir la actriz en 2002, las joyas se pusieron a la venta y Cartier las adquirió para que formaran parte de su archivo histórico. Incluso, en 2019, la firma francesa lanzó una versión actualizada de los modelos de La Doña, el apodo que recibía la actriz, hechas por el mismo artesano que trabajó las piezas originales. Y que por fin se pueden ver de cerca, apreciando la minuciosidad de sus detalles, nada más entrar al Museo Jumex de Ciudad de México.

El collar Cocodrilo de Cartier está hecho con platino, oro blanco y oro amarillo, a partir de las figuras de dos reptiles. El primero, en verde, aparece cubierto por esmeraldas, mientras que el segundo está decorado con diamantes amarillos incrustados. La particularidad de esta joya radica en que puede utilizarse tanto como una gargantilla (como a María Félix más le gustaba) o por separado, a modo de broche.