Fotografía: Archivo Edgardo Giménez

Edgardo Giménez, diseñador total: “Yo hice ‘Memphis’ mucho antes de que empezara en Italia en los 80”

Pruebas suficientes tiene como para demostrar lo que afirma, desde las casas hasta los muebles, esculturas e incluso los escenarios para películas que este enfant terrible argentino lleva concibiendo durante más de cinco décadas. Ha traspasado fronteras en su oficio y también en el país que le vio nacer y hoy, a sus 81 años, ya no tiene reparo en proclamarlo.

Hay que ver el impacto que puede llegar a generar una reseña dependiendo de quien la firme. A Edgardo Giménez (Santa Fe, Argentina, 1942) no le cambió la vida cuando el crítico de arte francés Pierre Restany escribió en la revista Domus un reportaje sobre su Casa Azul, la que había diseñado en 1972 en City Bell a las afueras de Buenos Aires, pero el texto sí hizo que el MoMA de Nueva York se interesara por el autor de la peculiar vivienda y, al no saber quién era, le escribiera una carta al propietario. La casa terminó años después en el museo, expuesta en una muestra titulada Transformations in Modern Architecture, la cual abarcaba una selección de lo más bizarra. Estaba el Disneyland de Orlando, la residencia de estudiantes que Alvar Aalto levantó en Massachusetts, las Maisons Jaoul de Le Corbusier, fortificaciones alemanas de la Segunda Guerra Mundial o el Zoo del Bronx.

Edgardo Giménez en su escenografía para la película Los neuróticos (1968). En portada, el salón de su Casa Colorada (1981).

Otro de los retratos del argentino durante la etapa en la que también se introdujo en la moda.

Jorge Romero Brest, otro crítico de arte esta vez argentino, fue quien recibió la misiva del MoMA. Conocía a Giménez de hace años, entre otras cosas porque el artista ya le había reformado su apartamento de Buenos Aires. Lo hizo siendo veinteañero; tiró tabiques, forró paredes de espejo, en los techos instaló moscas cromadas y a Romero y a su pareja les recomendó donar la mayoría de sus libros –la colección era ingente– al Museo Nacional de Bellas Artes. Al ver el resultado del piso, el crítico le encargó una casa de fin de semana, la mencionada azul, una estructura con varios arcoíris en su fachada.

Giménez recuerda aquello bien. “Les hice un plano muy elemental al comienzo y después la casa fue creciendo como una escultura. Había elementos que le iba agregando, porque me acuerdo que recorriéndola con Romero Brest cuando estaba ya casi terminada, le sugerí: ‘A mí me parece que acá le falta tal cosa’. Él la veía perfecta pero yo me empeñé, insistí y al final me dijo: ‘Date el gusto y hacélo’. Lo hice y después, en otro paseo más que nos dimos, admitió que llevaba razón”. Lo que le faltaba al chalet era un arco que replicaba las nubes de día y el cielo estrellado por la noche, un detalle con el que metió la naturaleza dentro del edificio.

Así era el arco con el que Edgardo Giménez remató su Casa Azul (1972).

Casa Amarilla en Punta Indio, Buenos Aires (1981).

No hay barreras que le valgan

El argentino lo cuenta por videollamada, aprovechando para recalcar que no tenía formación alguna en arquitectura. Hoy sigue sin tenerla ni necesitarla. “La prueba está en que ninguna de mis casas se ha venido abajo… todavía”, ríe. Cierto es que Edgardo Giménez aprendió a medida que iba haciendo. Con 14 años entró en una agencia de publicidad sin saber de qué iba ese mundo, cayó en gracia y además era tan resolutivo preparando carteles que algunos llegaron a la revista Idea de Japón y otros, como el de una muestra de 1962 del pintor Antonio Seguí, resonaron fuerte en Argentina.

Lo mismo en las viviendas. Tras la azul vino una amarilla y una colorada, otra blanca, la de las columnas doradas o una residencia de artistas en Uruguay, que por la pandemia resolvió vía teléfono. En el cine le colaron sin ni siquiera él pedirlo o desearlo, pero ahí estaba, montando las escenografías de las películas de Héctor Olivera Psexoanálisis (1968) y Los neuróticos (1971) con unos decorados que eran fantasía teñida de brilli brilli. De hecho, para la primera recreó los mundos en clave cómica de un señor que se hacía pasar por psicoanalista solo de mujeres con traumas sexuales, de las que se aprovechaba lo suyo. Era el siglo pasado, otros tiempos muy distintos a los de hoy. Suya también fue Soho, una discothèque bastante “rara”, así la define, que en el centro de Buenos Aires y bajo una estética futurista con apliques de aluminio aquí y allá acogió a la gente que importaba en la ciudad.

El artista, a la izquierda, preparando los decorados para la película Los neuróticos (1971).

Detalle del enorme huevo que Edgardo Giménez ideó en el segundo filme de Héctor Olivera.

Interiores del local Soho, a cargo de Edgardo Giménez.

El retrofuturismo de la segunda mitad del XX lo resumió el argentino adentro de esta enorme discoteca de Buenos Aires.

Década para el recuerdo

Igual que el resto del mundo, Argentina se vio trastocada para bien en los sesenta gracias en parte a un listado de nombres a los que suele asociarse Giménez, desde los artistas Marta Minujín y Juan Stoppani a la diseñadora Delia Cancela –llegó a firmar una portada del Vogue inglés con Grace Coddington– o el actor y director Alfredo Arias. Se les conocía como los pilares del movimiento pop o “unos mamarrachos”, según le soltó el escritor Manuel Mujica Lainez a Romero Brest, como director que era del revolucionario centro privado de arte Instituto Di Tella.

Él los había integrado en la institución; allí veían las películas de Warhol mucho antes de que el MoMA le dedicara la gran exposición y saltara a la fama. A los artistas se les invitaba para que mostraran el proceso de su obra y no tanto la conclusión en sí. “Parecía como que la cultura dejó de estar dormida para despertar y, por supuesto, recibió críticas como siempre pasa en estos casos –considera Giménez–. Lo nuevo la gente no lo toma con rapidez, tarda en aceptarlo”.

El problema aquí fue que no llegó siquiera a asumirse, la dictadura del país le echó el cierre al Di Tella en 1970, y director y artista se mudaron a un local al que llamaron Fuera de Caja Centro de Arte para Consumir. “Hicimos muebles, objetos, lámparas… qué sé jo la cantidad de cosas que diseñamos, las fabricaban grandes empresas y luego las vendíamos allí o las distribuíamos”. De esa época en la que Edgardo Giménez trabajó con productores de porcelana, cristal, de cualquier material en verdad, es la pieza en madera que pintó en 1978 como si fuera un palomar, la cual se sumaba a unos anteriores armarios lacados que simulaban ser torres gemelas, los secreters también de madera con cajones y forma de gatitos que adquirió el museo Albright-Knox Art de Nueva York –el centro atesora obras de Gauguin y Warhol– y una serie larguísima de esculturas-chimpancé inspiradas en el mono Chita del Tarzán de Johnny Weissmüller.

Cabinet alto de seis colores en madera lacada (1994).

Edgardo Giménez en su casa de Buenos Aires con la modelo Roi Escudero en 1969.

Acrílico Desde el jardín (1994).

Terapia en casa

Aún sigue haciendo chimpancés, apunta. “No es que yo tenga una fijación con los monos, es que la gente me pide ese tipo de cosas y bueno, no me puedo negar”. Cada vez de un tamaño distinto, con un tono u otro, saltando, erguidos o vestidos con un tutú aunque siempre con un diseño final que resulta antidepresivo. Ahí radica un poco la clave de Edgardo Giménez, que él resume con lo que le comentó una clienta suya que, siendo arquitecta, le encargó su vivienda, la Casa de las columnas doradas.

“Ella me dijo: ‘Lo que vos hiciste tiene un gran defecto y es que no me deja salir. Estoy tan entretenida que se me vencen las cuentas porque me paso el día encerrada’. O sea, la gente disfruta mucho lo que hago porque les cambia la manera de vivir”, sentencia. Por último, también opina sobre eso de que todo el mundo en el diseño conozca a Ettore Sottsass y no tanto a él. ¿Molesta? “Ese es un problema del país, no mío. En Argentina se olvida todo rápidamente, pero yo hice Memphis mucho antes de que empezara en Italia en los años ochenta. Mi Casa Azul, sin ir más lejos, es del 72”.

Otra perspectiva de la fachada de la Casa Azul de Edgardo Giménez.

Escultura Laberinto Plateado (1994).

Interior de la Casa de las Columnas Doradas (1987).

A medio camino entre instalación y vivienda, Edgardo Giménez alzó la Casa Blanca en 1987.