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Fotografía: Verne Photography

50 años de La Muralla Roja: este piso en su interior saca a relucir las ideas de Ricardo Bofill

El revolucionario concepto que el gran arquitecto catalán plasmó en su edificio a las afueras de Calp sigue más vivo que nunca. Lo demuestra el apartamento de una pareja holandesa ubicado en el famoso complejo rojo, el cual cumple cinco décadas de vida en 2023.

Al proyectar en 1973 uno de sus edificios más emblemáticos en Calp, Alacant, Ricardo Bofill (1939-2022) se inspiró en las kasbahs del norte de África y en la arquitectura mediterránea. Pero tales referencias las reinterpretó de forma vanguardista. Lo hizo utilizando elementos tradicionales como plazas, terrazas, patios, escaleras y puentes que conectan los 65 apartamentos de La Muralla Roja y sus espacios exteriores, como una especie de laberinto de M. C. Escher en el que se integra la casa de los holandeses Jan Root y su esposa Marjan. Es un piso en la última planta del edificio rojo y rosa, construido en base a la figura geométrica clásica de la cruz griega.

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Marjan y Jan en la azotea, donde se ven los tres colores usados por Bofill para el exterior: rojo, rosa y lila. En portada, el apartamento de los holandeses con suelo de baldosas de barro, sofás-cama de obra con colchonetas de lino y mesa de centro diseñada por Jan. Las cortinas de lino se cierran cuando llegan invitados y se quedan a dormir.

Los 65 apartamentos de La Muralla Roja cuentan con un tamaño que varía entre 16 y 90 metros cuadrados. El de los holandeses alcanza los 85.

Vista de los espacios exteriores de La Muralla Roja.

Bofill, en su día, incrustó 13 de estas cruces en la estructura del edificio, que se perciben en el interior de los apartamentos los cuales, tal y como ocurre en el de la pareja del norte de Europa, se abre al exterior con vistas al azul del mar. “Era inevitable que eligiéramos una base neutra para la casa, en contraposición a la fuerza del rojo exterior, y optamos por mobiliario discreto y arquitectónico. De este modo, honramos aún más el especial estilo de Bofill”, comienza el dueño. “Mis padres visitaron este lugar a finales de los 70. En nuestros viajes a mediados de los 80, Marjan y yo conocimos el complejo. Nos contaron que los lugareños tuvieron que acostumbrarse a estas formas más africanas que españolas”.

Los exteriores tienen varios tonos de rojo para acentuar el contraste con el paisaje. Los patios y las escaleras, por su parte, se trataron con azules (celeste, añil y violeta) para crear un efecto óptico y que el edificio pareciera elevarse en el cielo.

Sobre una de las colchonetas que sirve como sofá, marco de ventana con espejo, y a su lado, lámpara de Ikea.

La Muralla Roja es una especie de castillo-cueva que sigue la silueta de la costa acantilada, con vistas a la península y, a lo lejos, a la alta roca del Mirador de Carabiners. En la imagen, la pareja holandesa desde uno de los balcones de su vivienda.

Fundiéndose con el paisaje

El holandés comparte más detalles. “Con La Muralla Roja, la intención de Bofill era construir una comunidad en una zona rodeada de naturaleza, pero al final la población local no se instaló”. Jan, que es arquitecto (entre sus obras están los proyectos de E-huizen, casas diminutas de unos 40 m2 que no consumen energía, bajo el nombre de Onderdak), fue capaz de evaluar el valor y la calidad del edificio. “El concepto de aplicar una gama de colores fue un acierto, da relieve y profundidad a los diferentes elementos según sus funciones estructurales. La intensidad de los colores también está relacionada con la luz y muestra cómo su combinación ayuda a crear una mayor ilusión de espacio”.

Dormitorio con cabecero de obra y marco antiguo de ventana. Lámparas de mesa de Ikea.

Además de la cruz, que Ricardo Bofill incluso usó en la piscina, están el estuco brutalista y el juego de colores rojo, rosa y lila para el exterior y azules para las escaleras y el borde de la piscina.

El de La Muralla Roja no es el único residencial que Bofill diseñó en Calp. A 100 metros se encuentra el verde Edificio Xanadú y el semicircular Anfiteatro. En el salón, mesa anclada en la pared diseñada por Jan y sillas de Ikea.

Esta atención al entorno natural es un rasgo común en la obra de Bofill y está presente en casi todos sus proyectos. El más famoso, La Fábrica de 1973, que fue su casa y actual sede de su estudio RBTA, está en una antigua factoría de cemento a las afueras de Barcelona. También allí se aprecia un lenguaje formal muy autónomo, con escaleras surrealistas que no llevan a ninguna parte, estructuras que cuelgan sobre vacíos y espacios visualmente potentes con proporciones un tanto extrañas. En definitiva, abstracción creativa con volúmenes puros, que a veces se revelan rotos y muy crudos.

Imposible es que pase desapercibido

El proceso en el que se embarcó Bofill fue ante todo un replanteamiento teórico de la relación entre espacio y función, con el ser humano como punto central, como espectador y, desde luego, como usuario. Como Bofill dijo elocuentemente en una ocasión: “Quería crear un espacio lo suficientemente poderoso como para que la gente normal que no sabe nada de arquitectura se dé cuenta de que la arquitectura existe”. Fue y sigue siendo una personalidad llamativa de la arquitectura internacional. “Nunca me ha gustado la teoría de la arquitectura –declaró una vez–. Así que siempre me he fijado en los edificios tradicionales”.

Otro rincón del salón con fotografía de los zapatos viejos que usó Jan durante la reforma.

La cocina, sencilla y minimalista, con frente de azulejos y reloj de Ikea.

Sofá-cama en la terraza del apartamento.

Fascinado por los pueblos densamente poblados de Ibiza, donde las escaleras se empotran en las fachadas y forman montículos de casas y terrazas en un conjunto orgánico, viajó a África para rastrear los orígenes de sus primitivas viviendas. “Aprendí más en medio del Sáhara, entre dunas y arena, que en un palacio francés”, bromeó una vez. Jan conoce bien su obra: “En España, sus edificios han recibido un renovado aprecio como parte del actual renacimiento posmodernista, alimentado por la cultura pop y por los fans en Instagram que disfrutan de su abrumador poder arquitectónico. La Muralla Roja es un claro exponente de su pasión por las construcciones de adobe del pueblo tuareg. Marjan y yo compramos este apartamento hace 21 años”.

A imagen y semejanza

El holandés continúa recordando aquello. “Bofill no era tan mayor entonces y no tenía la fama de ahora. La vimos como una extraña obra de arte, un laberinto arquitectónico con su pronunciado cromatismo. El interior estaba deteriorado y había moqueta destruida en el salón, que además era muy inusual para España. Mantuvimos la atmósfera de casa de playa minimalista. Elegimos acentos españoles y marroquíes, colocamos baldosas en los suelos y en los sofás de obra. Todo está resuelto con diferencias de nivel, como pretendía Bofill. Pusimos cortinas de lino para separar los espacios. Incluimos tonos suaves para subrayar los colores fuertes del exterior. Como ya he dicho, es y sigue siendo una rareza arquitectónica”, concluye. “Me habría encantado conocer a Bofill y charlar sobre el edificio y su visión, porque nuestro apartamento, al igual que La Muralla Roja, es un continuo viaje de descubrimiento”.

La Muralla Roja es uno de los edificios en que Bofill manejó de forma sorprendente la forma, la textura y el color.

Vista exterior del complejo del arquitecto catalán en Calp.