Los años 70 vuelven a su esplendor: así es el glamuroso piso lisboeta del estudio Ding Dong

Fotografía: Montse Garriga
Interiorismo: Ding Dong

A lo largo de 1.200 metros cuadrados, este despacho ha transformado una casa setentera en un tratado de color cargadísimo de valientes geometrías y materiales pensados para impactar. Y vaya si lo hacen.

La década de los 70 son el punto de partida y también el retorno de esta vivienda en Restelo, el barrio más codiciado de la capital portuguesa. “Los clientes, un matrimonio con dos hijos que conocíamos previamente, nos encargaron buscar una casa en esta zona premium de Lisboa, llena de mansiones, embajadas, villas y comercios exclusivos”. Lo cuentan desde el estudio Ding Dong, el despacho encargado del proyecto. Aunque el edificio que finalmente se convertiría en su hogar tenía un aspecto decadente, a la pareja le gustó la tranquilidad y su ubicación y apostaron por una rehabilitación intensa que, respetando las hechuras, le devolviera su antiguo esplendor. “Gracias al espíritu nómada y divertido de la familia pudimos ser creativos y libres sin desdeñar la sensación hogareña y cómoda que buscaban”, explica Michael Miranda, uno de los socios del estudio afincado en Oporto.

El salón viene con butaca con reposapiés, mesa de centro de marfil y alfombra, todo diseñado por el estudio Ding Dong. Chimenea con marco de mármol Portoro y apliques Fly de Pierre Chareau. En portada, la entrada con mesa de latón y laca rosa y alfombra, todo a cargo del despacho. Butaca Platner de Knoll y lámpara de Murano y pan de oro Rizzonico de Veronese.

El comedor se viste con paredes con paneles ondulados de madera de ébano y techo con pan de oro. Mesa de roble y alfombra diseño del estudio Ding Dong, sillas Magnum de Sancal y lámparas Cell de Veronese.

La cocina con isla de roble negro mate, mármol gris y, encima, mueble de marfil. Taburetes de piel de mango y suelo de mosaico de mármol con baldosas efecto mimbre.

Vista del hall contiguo al comedor. Aparador y lámpara del estudio Ding Dong, fotografía del portugués Pedro Lobo y jarrón inspirado en un cactus de Giles Caffier.

La vivienda agrupa las zonas comunes en el primer piso (salones, cocina, despacho, sala de juegos, de cine, bodega, spa y piscina) para aislar los seis dormitorios en suite en el segundo. Es un refugio para esta pequeña comunidad de cuatro, que confiesa estar en continuo movimiento alrededor del mundo por trabajo y vacaciones, y que necesitaba un lugar en calma donde relajarse y alejarse del ruido exterior. El alma setentera de la arquitectura era, además, un imperativo estético y casi moral que los interioristas no querían perder y que se nota en algunos detalles de la primera planta o en los dormitorios, trufados de rosas y amarillos inesperados, en las alfombras geométricas y en las formas libres de los cabeceros y los papeles pintados siempre impactantes.

A todo color

“Desde las primeras reuniones quedó claro que los tonos intensos, las texturas naturales y los patrones vivos no eran negociables, y que los 70 debían estar bien presentes en el hall de entrada y la escalera de mármol”, aclaran en el estudio Ding Dong. La idea era preservar esos elementos originales aportándoles una nueva lectura. Así, se potenció el intrincado trabajo de mármol de los suelos y los techos de madera se conservaron y lacaron. “Nuestra intención era diseñar una vivienda que pareciese haber estado siempre así”, explican. Una especie de revival creativo sin complejos ni deudas con el pasado más allá de la fascinación. La entrada es la carta de presentación perfecta para el resto del diseño y deja claras las intenciones del interiorismo.

El dormitorio del hijo, según Ding Dong, “se ha diseñado con espíritu de viajero”. Cabecero de nogal ad hoc que contrasta con el papel pintado azul y las mesitas y lámparas Texas, también del despacho luso. Espejo de Jacques Adnet para Gubi.

Escalera de mármol blanco y negro que lleva de la planta baja hasta el primer piso sin pasar por las zonas comunes.

Dormitorio de la hija presidido por colores pastel. Cabecero de terciopelo y mesillas del estudio portugués, papel pintado Wild Flower de Lizzo y lámpara de Vaughan.

La alfombra de la escalera fue hecha a medida por el estudio Ding Dong y contrasta con el suelo de mármol con motivos igualmente geométricos pero en blanco y negro y el papel pintado a rayas. En el hall inferior, piano pintado en azul celeste.

Una mesa de latón pulido y sobre de laca rosa diseñada por el despacho se refleja en una espectacular lámpara de araña de Veronese hecha con cristal de Murano y pan de oro, que protege una butaca Platner de acero inoxidable y terciopelo azul intenso. Es el mix que recorre la casa: muebles bocetados por el estudio que se entremezclan con piezas de autores como Pierre Chareau o Gae Aulenti, papeles pintados de Lizzo y tejidos de Lelièvre. Todo bajo un techo panelado de madera que se extiende a elementos como la chimenea del salón a medida enmarcada en mármol.

Sí hay un claro protagonista

“Aunque el arte está en el ADN de lo que diseñamos, en esta ocasión, y con permiso de la fotografía de Pedro Lobo en el hall, los textiles y papeles se llevan el protagonismo”, aclaran. Pero si tuviéramos que nombrar dos elementos que resignifican la casa, serían la luz y el color. La primera es natural y se potencia por los estratégicamente colocados espejos. La paleta de colores está inspirada, en cambio, “en el carácter jovial de la familia, que se traduce en tonos vivos como el aguamarina, el melocotón, el morado oscuro, negro, marfil, mostaza, naranja y muchos más”, concluyen en el estudio Ding Dong, subrayando que el proyecto fue como una enorme caja de sorpresas. “Conforme íbamos rehabilitando, descubríamos capas que nos hacían cambiar y reajustar el plan inicial”.

El baño principal se comunica con el vestidor del dormitorio de matrimonio pintado en rosa.

Vista del baño principal, el cual es un juego de formas y colores entre el mármol blanco y el Zimbabwe negro.