Fotografía: Daniel Schäfer
Interiorismo: Quiet Studios & Barracuda interiors

Amor a primera vista: así es la casa de Daniela Franceschini y Alexandre Neimann en Lisboa

Un caparazón ochentero con su propio jardín esconde en la capital portuguesa la historia entre estos dos diseñadores, su pasión por el vintage y la valentía al mezclar piezas de siglos dispares. El resultado no puede ser más bucólico.

Para un interiorista, decorar su propia casa no tiene nada que ver con hacerlo para otro cliente. Pues bien, aquí no viven uno sino dos diseñadores. Esta romántica vivienda en el barrio de Estrela, Lisboa, es la carta de amor que se escriben Daniela Franceschini y Alexandre Neimann entre muebles salidos de un cuento, pasión por los detalles únicos y la constante búsqueda del cambio. Como si de una obra efímera se tratase, los dueños no pueden evitar transformarla constantemente, pero siempre con la magia que los caracteriza: un espacio casi fantástico, a medio camino entre casa de campo y oasis urbano de sosiego. Daniela y Alexandre, diseñadores e interioristas con sus marcas Quiet Studios y Barracuda interiors respectivamente, llevaban muy pocos meses de relación cuando se toparon con su vivienda actual.

Vista del salón. En portada, otra perspectiva de la estancia con taburete Vitruvio de Quiet Studios, mesa de José Canudo y lounge chair del XIX. A la dcha., butaca Red Blue de Rietveld, sobre la chimenea escultura africana y, en la pared, relieve portugués de los 40.

Daniela Franceschini y Alexandre Neimann retratados en el jardín donde, además, se aprecia la arquitectura de su vivienda en Lisboa.

Sillas de Tobia Scarpa y mesa de Jacques Adnet. Sobre ella, candelabro de Audo Copenhagen, jarra de los 50 de Berlín, candelabro de hierro fundido y bol cerámico de México.

El jardín se convierte en un espacio íntimo con sillas de hierro de los 50, mesa de centro de Barracuda Edition y cama de hierro forjado en Alentejo, Portugal.

“No teníamos ninguna prisa en mudarnos juntos, pero si encontrábamos una casa con bañera, jardín y chimenea no la íbamos a dejar escapar. El caso es que esas condiciones se cumplieron en la primera visita”, recuerda ella. La vivienda es ochentera total, y la pareja ha mantenido prácticamente todos los elementos originales como puertas, arcos o la chimenea. Eso sí, uno de los caprichos de aquellos años 80 es el techo que se encontraron en tono madera, “haciendo que el salón pareciera un sándwich entre el suelo de parquet y el techo”, así que acabó pintado en el luminoso blanco del que ahora presume. Sobre este lienzo tan particular, Daniela Franceschini y Alexandre Neimann colocan sus piezas y recuerdos sin ninguna inspiración en concreto.

La atracción mutua es la que impera

“No es como una composición para un cliente”, explica él. “Si algo me enamora a mí, va a mi galería. Si le cautiva a Daniela, se lo lleva ella. Pero si nos fascina a los dos, tendrá un hueco en casa”. Tras la cortina que divide visualmente la entrada del salón, la chimenea se convierte en la reina del interiorismo. “Queríamos crear una atmósfera acogedora para poder pasar las tardes de invierno como más nos gusta: escuchando música, charlando o leyendo libros”, cuenta la pareja. Aunque, sin duda alguna, el espacio que mejor define la irregularidad, la fantasía y esa sensación rural es la cocina: muebles de obra, azulejos tradicionales y un diseño tan único como desigual. Si en algún lado debe terminar esta carta de amor es en el encantador jardín, el rincón preferido de los dos.

La cocina de obra, original, cuenta con los azulejos y las puertas que Daniela Franceschini y Alexandre Neimann decidieron mantener. Hoy es uno de sus rincones favoritos por la conexión con el jardín.

En la pared, pintura de la escuela cuzqueña del XIX y, colgando del techo, lámpara de hierro vidriado portuguesa de principios del XX. Sobre la mesa, florero de hierro con asas de los años 40.

Entrada a la vivienda con aparador años 50 de René Gabriel y espejo de los 40 de Pierre Dariel. A la izda., silla de madera torneada del XIX y, a la dcha., columna dorada de terracota años 70.

Dormitorio de Daniela Franceschini y Alexandre Neimann con dos obras de arte de José Canudo y consola de marquetería de ratán, de Barracuda Edition. Sobre ella, candelabro de cerámica comprado en México, un favorito de la pareja. A la izda., butaca estilo Arts and Crafts.

Baño con aparador de los años 20, lámpara de alabastro de los 50 y sobre la bañera, espejo de bambú falso también de los años 20.

A Daniela, lo que más le gusta del trabajo de Alexandre es la maestría con la que compone los espacios. “Escoge piezas que tienen siempre un enorme carácter por separado y que yo no me atrevería a juntar, pero él sabe cómo hacerlo”, confiesa. Alexandre, por su parte, ama la atmósfera que Daniela crea en sus proyectos, cuya última obra terminada es el nuevo hotel The Rebello en Oporto. “Hay muchos interioristas haciendo composiciones preciosas con objetos increíbles, pero a veces esos espacios no invitan a tirarse en el sofá y pasar un buen rato. Ella los dota de alma”. Esa alma del que habla Alexandre está impregnada en cada planta, cuadro, mueble y pared de su casa. Es una obra en eterno cambio.

Cuarto de invitados acompañado por espejo modernista de los años 20, mesa alentejana de madera y lámpara Appolo de Quiet Studios.

Vista del jardín con un gran jarrón portugués.

Colección de espejos entre el siglo XIX y los años 60, comprados en Francia, España y Portugal.

Tríptico de Alexandre Mignot en papel negro y dos obras de Clement Verger, en la pared tras el sofá. Mientras que, en la pared dcha., la obra cubista es de los años 30 y la máscara neoclásica griega, de los 60. 

Otro retrato de Daniela Franceschini y Alexandre Neimann en su casa lisboeta.