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Fotografía: Belén Imaz
Interiorismo: Ábaton / Decoración y estilismo: Eugenia Hernández (EHA Interiorismo)

¿Los ingredientes con los que Ábaton ha reformado este piso madrileño del XIX? Respeto, fluidez espacial y mucha pieza de arte

Ladrillo visto, columnas de hierro forjado, Tàpies en el dormitorio o un Dalí en la cocina. No es una fantasía ni un sueño maravilloso. Es el proyecto recién firmado por el despacho madrileño Ábaton en uno de los barrios más señoriales de la capital.

A veces suena manido, pero no es nada fácil enfrentarse a un proyecto que parte de un edificio del siglo XIX y actualizarlo con el brillo que se merece. Con esa pátina que, aun siendo contemporánea, preserva el carácter histórico tal y como lo hace en el centro de Madrid este palacete de 240 metros cuadrados, reflejando además la personalidad de quienes lo van a habitar. Y si a eso se le suma la típica distribución compartimentada y oscura de largos pasillos, tenemos el claro caso de rehabilitación integral ejecutada por unas manos más que expertas, que en este caso han sido las del estudio Ábaton.

En el salón, poltronas azules de Matrix, en Lago, alfombra de Zigler y mesitas de Primera Avenida, igual que el aparador al fondo. Sobre él, obra de Antonio Tamayo. La foto de portada revela otra perspectiva de esta estancia común con Helarea, la obra en azul de Anita Suárez de Lezo.

El comedor viene con obra de Rafael Canogar (sobre el radiador), mesa de Lago con cuencos de Tom Dixon y sillas de Angel Cerdá en Primera Avenida. Las lámparas son de Vibia, en Lago. Al fondo se encuentra la cocina abierta con un cuadro de Salvador Dalí.

Lo explica Camino Alonso, directora creativa del despacho. “Un proyecto de estas características requiere un enfoque cuidadoso y detallado. Hicimos un análisis de las condiciones iniciales tanto estructurales, a base de muros de carga de ladrillo y entramado de madera, presentando patologías en algunos puntos, como de instalaciones, muy antiguas y centralizadas que debían ser modificadas para una mayor eficiencia”. De esta forma se descubrió que el esquema arquitectónico de la vivienda no permitía la apertura de huecos estructurales para aportar luz natural a las estancias. De ahí que se respetaran los muros portantes originales y se definiera una nueva distribución a partir de este hándicap.

La convivencia como concepto

Durante el proyecto, en Ábaton recuperaron las carpinterías de madera originales. Las exteriores, adaptándolas a las nuevas necesidades de eficiencia energética. Pero también las interiores, rescatando molduras en techos y tarimas para mantener el carácter de la vivienda y conferirle, de acuerdo a Camino, “un aire renovado a través de la iluminación y las vistas cruzadas mediante la interconexión de espacios”. La premisa de la que partió Ábaton era adaptar la casa a una manera de vivir más de hoy. Una en que la cocina, de casi 23 metros cuadrados, se convierte ahora en el corazón de la casa y en el espacio generador de relaciones sociales.

Sofás de Sofactual, en Lago, junto a un pequeño cuadro en la pared de Volker Kühn.

Los enormes ventanales se pliegan en épocas estivales, logrando la sensación de estar en una terraza exterior o en un balcón soleado y luminoso dependiendo de la estación.

Sobre la mesa del comedor, cuadro de Antonio Tamayo. A la derecha, en uno de los arcos del comedor, escultura de Andrés Rojas Acero.

Para que la cocina fuera el núcleo, en el despacho la colocaron en el centro de la vivienda y la conectaron al salón-comedor con vistas directas a una preciosa plaza del barrio de Chamberí. Así se obtuvo un espacio cómun, muy luminoso y especialmente amplio. De hecho, la sensación espacial de la vivienda es bastante mayor que antes debido a la conexión entre sí de todas las estancias. Aunque es cierto que la elección de los materiales también fue un elemento clave a la hora de conseguir tal efecto. “Para la encimera optamos por Lapitec en blanco, que aporta una sensación de limpieza y modernidad. Mientras que en el mobiliario recurrimos a la madera lacada. Es la que proporciona un toque cálido y acogedor”, asegura Camino.

Vista general del salón.

Lo histórico permanece vigente

También los enormes ventanales de los que dispone hoy el salón aparecen con madera lacada. “Así se mantiene la materialidad de una fachada protegida. Aparte se utilizaron vidrios acústicos que consiguen una estancia tranquila en medio del bullicio circundante”, añaden desde Ábaton. En el despacho estudiaron en paralelo la recuperación de los enormes arcos que dan acceso al balcón. “Pero no tenían la calidad que se suponía. Al final se decidió mostrar el sistema constructivo original recuperando el muro de fábrica y el entramado de madera a modo de obra de arte decorativa”.

La labor de conservación no acaba aquí sino que abarca incluso la tarima de roble, lijada y tratada con un barniz al agua mate que otorga el tono primigenio de la madera. Y allá donde no se pudo conservar, se complementó con una tarima de roble de distintos tamaños, “con un contraste que aporta un toque contemporáneo”, subrayan. Una estética que parece adaptarse bien al pasado. Al igual que al aire industrial y elegante que confieren las columnas de hierro forjadas, preservadas por Ábaton para que hoy permanezcan intactas a lo largo y ancho de este palacete madrileño del siglo XIX. Repleto, por cierto, de muchísimo arte de primerísimo nivel.

Contiguo al salón destaca el dormitorio principal en formato suite, con vestidor y baño. A la izquierda, en la pared, obra de Antoni Tàpies. En el lado opuesto al dormitorio y en torno a una mini salita de estar se distribuyen el resto de habitaciones.

Otra perspectiva del dormitorio de matrimonio.

En la entrada, obra de César Romero y escultura circular de Ángela del Pozo. Silla de mimbre de Primera Avenida.

Baño del dormitorio de matrimonio revestido con mármol de Carrara.