El glamour de antaño resuena en el Hotel Montevideo, la nueva joya diseñada por James Boyd Niven en Uruguay

Fotografía: Ricardo Labougle
Interiorismo: James Boyd Niven

El argentino baña este nuevo y exclusivo complejo con toda la esencia de la Belle Époque y un toque latinoamericano muy particular. En MANERA ya hemos visitado el proyecto.

Río de la Plata es uno de los tesoros naturales más impresionantes del mundo, además de una inmensa cuenca compartida entre Argentina y Uruguay. A un lado, en Buenos Aires, nació el interiorista James Boyd Niven. Al otro, en Montevideo, es donde él ha firmado el diseño de este exclusivo y cautivador hotel con el mobiliario vestido de etiqueta y los suelos de los mejores mármoles. Con el Hotel Montevideo, Boyd se ha estrenado como director creativo, una desafiante hazaña que le ha permitido plasmar el 100% de su visión, “desde la arquitectura o el interiorismo hasta las copas de champán”, apunta.

Colgando del techo del lobby, instalación con pájaros de Eva Menz. Butacas brasileñas estilo Gio Ponti y banco tapizado en pana metálica. Mesa de Regency inglesa y alfombra inspiración años 20. En portada, recepción en madera de roble con lámparas de Maison Jansen.

La zona de coctelería del Hotel Montevideo exhibe un mural de bosque otoñal pintado a mano, con suelo de mosaico diseñado por James Boyd Niven, retratado en la imagen. 

El restaurante está completamente revestido con cerámica de Craven Dunnill Jackfield. Banco diseño de James Boyd Niven y sillas de teca lustrada maciza en colaboración con Coin Vert.

Pared de un pasillo con plisado de pana metálica fresa de LB Géneros, cuadro de un caudillo en Uruguay (c. 1920) y suelo de mármol Forest Green.

Una de las suites con escritorio de Maison Jansen, silla de WIlly Rizzo y mesa de centro de Restoration Hardware. A la izda., lámparas de Vaughan con pantallas de papel de Pierre Frey.

Infinidad de guiños

James es un caballero de traje chaqué, apasionado de la más alta artesanía y un viajero empedernido. Eso le confiere la frescura y elegancia que aquí vierte como homenaje a la Belle Époque argentina, la que él ha visto desde su infancia paseando por la Avenida de Mayo en Buenos Aires. “Este hotel es como yo, ecléctico, y con una pata en Latinoamérica”, comenta el diseñador. Tan ecléctico que sus paredes esconden azulejos ingleses, sillas de madera maciza francesas, pinturas españolas, piedras italianas y un trabajo de artesanía local excepcional. En este encuentro de estilos, además, cobra gran importancia la influencia regional.

Con solo poner un pie en el lobby del hotel, al huésped le sorprenden unas paredes completamente cubiertas por un papel escénico de Iksel, donde se representan obras de Frans Prost, quien pintó el paisaje rural de Brasil en el siglo XVII. La naturaleza escapa de las paredes con decenas de pájaros de porcelana colgantes, pequeñas esculturas de loros y calabazas de loza. O una pareja de lámparas orgánicas que decoran la refinada recepción del hotel. Hay que esperar hasta la puesta del sol para apreciar el juego de sombras que forman los pájaros en el techo, creando un fresco temporal sobre las cabezas.

Barra del restaurante Polo Pamba, íntegramente construido en mayólicas de cerámica esmaltada de Craven Dunnill Jackfield. Al fondo a la izquierda, portavasos diseñado por James Boyd Niven para Robinet y cortina de terciopelo azul en onda perfecta.

Retrato de una dama de la alta sociedad realizado por el pintor español Puig Roda entre 1890 y 1919. Sillón-club de diseño propio en pana y cojín con pana de Pierre Frey, con una impresión de leopardo.

Otra de las suites con mesa con sobre de mármol Rosso Levanto, sillas de anticuario tapizadas con pana de algodón y, en la pared, biombo chino coromandel desmontado y colgado.

Mueble minibar de diseño propio, fotografía de Alejandro Lipszyc y taburete estilo mid-century en pana gris.

Una de las habitaciones, en tonos azules y verdes, con ropa de cama de pana, cojines tapizadas con algodón teñido a mano en África, lámpara Beam Lamp de Restoration Hardware, alfombra tejida a mano en India y banqueta de hierro y bronce.

Baño diseñado con la colección de James Boyd Niven para Robinet.

Lujo añejo en su máxima expresión

El propio mobiliario trae reminiscencias de ese glamour tropical, con unas butacas brasileñas al estilo Gio Ponti, plantas autóctonas que descansan sobre macetas decoradas artesanalmente en China y tapizados de pana sedosa en tonos verdosos. “Como se suele decir aquí en Inglaterra, bring in the nature”, expresa James, quien dejó Uruguay para mudarse a Londres al dar por terminado este proyecto. Los motivos naturales de la pared, junto al suelo de mármol y las piezas escultóricas como la recepción, pueden recordar a la decoración Art Déco de los años 20. Sin embargo, la joya de la corona se encuentra en el restaurante. El espacio destaca por estar completamente recubierto de preciosos azulejos diseñados por James Boyd Niven, y producidos en la centenaria fábrica Craven Dunnill Jackfield en Inglaterra.

Desde las paredes hasta las columnas, pasando por la barra del restaurante, todo está revestido en esta cerámica bañada en un tono difícil de identificar, un punto entre el verde agua y el azul celeste. “Un día, mientras andaba en bicicleta por Ciudad Vieja en Montevideo, me topé con el café Las Misiones”, relata el diseñador, “y al ver su exterior recubierto de mayólicas de cerámica dije: ‘Wow, sería muy interesante hacer algo así en el hotel’. Fue justo lo que hice”. La complejidad y la delicadeza se termina por consumar con el suelo formado por seis tipos de mármoles distintos, entre los que se encuentran el Carrara, el Arabescato y el Bardiglio.

Lobby con banco diseñado por James Boyd Niven ad hoc, suelo de mármol Forest Green y techo dorado en el que se proyectan las sombras de los pájaros.

El bar cuenta con pequeñas reliquias, como una calabaza de Bordallo Pinheiro y un loro de anticuario.

Así es el restaurante diseñado por el argentino con apliques de Vaughan y vajilla de Limoges.

Otra vista del lobby del hotel.

Reinvención de lo boutique

En el Hotel Montevideo, la clave está en la atención al detalle. Murales pintados a mano, cortinas y plisados de pana en la pared, mosaicos calcáreos diseñados por el mismo James Boyd Niven… Al interiorista no se le ha escapado nada. Las habitaciones, por ejemplo, cuentan con cuadros, fotos y recortes de revistas que el argentino ha recolectado durante años, y los baños presentan un diseño propio de bronce y mármol de Carrara creado junto a la firma Robinet. Al fin y al cabo, han sido cinco años dedicados en cuerpo y alma a dotar de vida este tesoro montevideano.

En la última planta, el hotel se abre al cielo azul. Junto a la piscina reina una palmera que tuvo que ser subida hasta el décimo piso con ayuda de una grúa. En un país tan verde como Uruguay, no podía faltar una selección de flora autóctona cuya cuidadosa selección ha corrido a cargo de la paisajista Lorena Ponce de León. Y es aquí arriba, sobre los tejados de la ciudad de Montevideo y con unas impresionantes vistas al Río de la Plata, donde James Boyd Niven acaba como empezó, con su ciudad natal a un lado, su minuciosa obra al otro, y las ganas de seguir implantando la elegancia allá donde le lleve la corriente.

Terraza del hotel con piscina, también diseñada por James Boyd Niven, con una palmera autóctona phoenix canariensis y hamacas de Restoration Hardware con tela de Sunbrella.

Fachada del hotel proyectada por Martín Gómez Platero, recubierta en madera de lapacho.

Vista de Montevideo con paisajismo de Identidad Paisajismo y James Boyd Niven.