Fotografía: Biderbost
Interiorismo: Iñigo Iriarte

¿Qué ocurre cuando se agita la Belle Époque? El resultado se ve en esta casa donostiarra a cargo de Iñigo Iriarte

El interiorista ha llenado una vivienda de principios del siglo XX de luz, calidez y gran materialidad. Un diseño minucioso en techos, volúmenes y texturas le ha devuelto su brillo auténtico.

Frente al Kursaal de Rafael Moneo y la playa de la Zurriola en el llamado barrio de Gros. Así empieza esta historia en San Sebastián, con una casa tan clásica como moderna que firma el despacho de Iñigo Iriarte (Rentería, 1984), con sede en la bella ciudad vasca. Se trata de la segunda residencia de una pareja de mediana edad con una hija, que dieron absoluta libertad creativa al estudio para crear un interiorismo lleno de luz y materialidad única. “El edificio, una finca de 1926, y la propia vivienda rezumaban historia, distinción, una bella decadencia”, comienza el autor. “Su generosa medida y su ubicación hacían de la propuesta algo irrechazable”.

Salón, sofás y mesas de Iñigo Iriarte Interiorismo. Encima, escultura de Roger Coll y, en la pared, lienzo de Teo.Z. Alfombra de Ferreira de Sá para Cotlin. En portada, al fondo del comedor se situó un banco-mirador enmarcado por la gran ventana de arco de punto redondo.

Entrada a esta casa del País Vasco en palillería de nogal con suelo elevado de microcemento. Pintura apoyada de Miguel Balliache y cerámicas de Veluto.

Vista del salón desde la entrada, donde se descubrió uno de los pilares de hormigón. Domina esta zona de relax la chimenea en cuarcita proyectada por Iñigo Iriarte Interiorismo que ejerce de eje vertebrador del proyecto.

De una esquina del salón nace un paño de espejo que oculta el dormitorio.

En busca de la luz

Originalmente era un único piso de 200 metros cuadrados, que se ha dividido en dos, conectados por un amplio distribuidor interior. Este es el principal, con unos 110 m2, y para su diseño el despacho se centró en un concepto de planta abierta. Se ve de primeras: ya la entrada es bastante inusual. Se trata de un rectángulo elevado forrado de palillería de madera oscura con suelo de micromortero pulido que camufla las puertas del office, del segundo dormitorio y de un baño completo. Desde este vestíbulo tan especial se abre el espacio central en 180 grados.

A la izquierda, la cocina, el comedor y una esquina que es un auténtico mirador, “enmarcado por la gran ventana de arco de punto redondo, la pieza arquitectónica más valiosa de la vivienda por las icónicas vistas”. De frente, la zona de salón, presidida por una chimenea de cuarcita. Desde una esquina de esta estancia, a través de una puerta oculta tras un paño de espejo, se encuentra el dormitorio principal, con zona de aguas, vestidor entelado e inodoro a la francesa. El principal reto de Iñigo Iriarte era llevar la luz exterior hasta el lado opuesto de la casa: sus numerosas aperturas y balcones y la distribución fluida fueron la clave para conseguir que todos los rincones estuvieran bañados por el ambiente y la luz de la ciudad.

Otra vista del salón con, a la dcha., león de piedra, en Veluto, y lámpara vintage italiana de mercadillo.

La cocina, presidida por una gran isla central de palillería de madera lacada en blanco con marco de latón y sobre de cuarcita, al igual que el frente del fregadero, con escultura de la serie Desocupación de la Ciudad de Pedro Galdón. Jarrones asiáticos, en Veluto.

De nuevo en el comedor, mesa de nogal diseño de Iñigo Iriarte Interiorismo, sillas portuguesas y taburete de Zieta Studio. Lámpara colgante en Veluto, igual que el pedestal con busto de anticuario.

Refinamiento de antaño

“El propósito de la reforma era rescatar su brillo y esencia, jugando a recuperar elementos de la época, pero refrescándolos con toques actuales y mucho arte”, prosigue el interiorista. “Los dueños quedaron cautivados por la arquitectura del inmueble, su luminosidad y sus hechuras, querían respetar su origen, pero a la vez hacerlo suyo, adecuado a su forma de vida, con un programa cómodo, funcional y puntero. Pero sin renunciar al atractivo de la Belle Époque de Donosti”. Con todo esto en mente, llevaron a cabo un diseño minucioso y detallista donde prevalecen los tonos neutros y cálidos, los mármoles, las piedras naturales, la madera oscura y sofisticada del nogal, sedas ligeras y terciopelos…

“Materiales nobles y honestos, que aportan calidez, mejoran con el tiempo y suman contundencia al conjunto. Ha sido fundamental trabajarlos de tal manera que se enriquezcan: muescas, yagas y ornamentos elevan el propio material y texturizan el entorno”, dice. En cuanto al mobiliario, la mayor parte está hecho a medida. “Necesitábamos dibujar espacios creando una geometría ad hoc y escogiendo con mimo los materiales. El resto de piezas (de marcas locales y globales, de artesanos y alguna antigüedad) nos ayudaron a redondear la propuesta y la decoración corrió a cargo de Veluto, mi concept store en San Sebastián”.

Dormitorio en suite acompañado por cabecero con tapicería de Dedar Milano y madera y mesillas, todo diseño del estudio. En la pared, escultura de Silvano Cei. Plaid de piel sintética y lamparita de latón, ambas en Veluto, y reposapiés de un anticuario de Ámsterdam.

La suite principal alberga, además del dormitorio, zona de aguas (ducha y bañera separadas) y vestidor a la francesa. Celosía por Iñigo Iriarte Interiorismo, así como el otomán con tela de Dedar Milano. En la pared, maqueta de Albert Lekuona.

Como si de una galería de arte se tratara

Para rematar el ambiente, obras que aportan carácter de artistas vascos, como Egi.ka, Jean Mür o Albert Lekuona, e internacionales, como Silvano Cei, Pedro Galdón o Miguel Balliache. ¿Los mejores momentos? “La distribución de la suite, porque el diseño de la celosía corredera en metal blanco ofrece la posibilidad de cambiar fácilmente la escenografía según el momento, despejando la zona de ducha, de bañera o priorizar el paso central hacia el vestidor”, continúa Iñigo Iriarte. “También han sido clave la dedicación y el trabajo en los techos: un elemento ornamentado decisivo para aderezar el proyecto y darle todo el sabor del estilo del Donosti más clásico”.

Este interior lleva ahora el sello del decorador y diseñador con las marcas de la casa. En esencia, una propuesta estética con personalidad, encuentros de materiales casi imposibles, mezcla de colores y formas (aquí un poco menos extravagante y más serena) y gusto ecléctico con toques frescos e inesperados, donde conviven la tradición y lo exclusivo, el arte y lo cotidiano. “Es nuestra forma de entender el diseño, la belleza, presentamos una forma de vivir. Nuestro estilo se hace reconocible”, concluye él. Inspiración clásica mezclada y algo agitada.

Segundo dormitorio con cabecero entelado con trasera de Travertino y mesillas de madera y latón. Sobre ella, cristal italiano, en Veluto.

Uno de los baños con mueble en palillería de nogal y lavabo, suelo y paredes en mármol verde Alpi y revestimiento 3D. Sobre la planta, escultura de Egi.ka y, dcha., obra de Jesús Montes.

Vista del office-lavandería, en acabado metálico y piedra, con lámpara Native Object 13 en Veluto.

Baño principal revestido en mármol con distintos tratamientos.

Retrato del interiorista Iñigo Iriarte junto a la cocina.