Fotografía: Montse Garriga
Arquitectura: Fernando Acuña / Interiorismo: Rebuelta Domecq

El estudio Rebuelta Domecq está detrás de esta casa, minimalista pero colorida, estructurada alrededor de un patio central

Sin miedo a una gama cromática potente, el despacho madrileño firma el alma luminosa de una vivienda que recupera el concepto imperante en las casas tradicionales de muchas partes de España.

El alma de esta casa es la luz”. Lo sentencian Almudena y Cristina, las hermanas fundadoras del estudio Rebuelta Domecq. Ellas son quienes se han ocupado de darle vida a una casa de 500 metros cuadrados ubicada en Puerta de Hierro, en Madrid, construida en los años 80. Nunca había sido reformada. En la renovación integral, cuyo proyecto de arquitectura fue llevado a cabo por Fernando Acuña, se abrieron grandes ventanales por todo el inmueble y se aprovechó al máximo el patio central, que establece una comunicación entre las diferentes estancias de la zona común. “Los clientes son un matrimonio joven, él italiano y ella mexicana”, cuentan las autoras.

Al fondo, en el rincón de lectura, estantería diseñada a medida, butaca en Womb + Ottoman, alfombra Cotlin de diseño propio y textil de cortinas en Alhambra. En portada, perspectiva general del salón con sofá y butacas con tela de Pierre Frey en Studio Bañon, mesa en Rue Vintage, cuadro de Antón Aiguabella y alfombra de diseño propio.

Otra vista del salón, el cual también comunica con una terraza exterior.

“Querían una envolvente muy neutra, todo en tonos blancos, madera, carpinterías exteriores en negro… para dar el punch de color a través de la decoración”, añaden. Los ventanales y el patio permiten que los interiores reciban muchísima iluminación, muy cambiante además a lo largo del día. “De ahí que quisiéramos potenciarla dejando paredes totalmente limpias, en blanco, para no competir con ella”, remarcan desde Rebuelta Domecq. Con un diseño equilibrado y muy racional, el patio se comunica ahora con los interiores convirtiéndose en un elemento más del conjunto de la vivienda. “Quisimos integrarlo jugando con los mismos tonos fuera-dentro en paredes. Incluso la jardinera la diseñamos con la misma piedra que la chimenea para que, aun siendo exterior, pudiera existir esa conexión visual incluyendo el patio como parte del espacio interior”.

En el patio destaca la jardinera con fuente integrada, para la que se ha usado la misma piedra que reviste la chimenea del salón. 

Salón, patio y comedor se comunican a través de los grandes ventanales. El color blanco, elegido para las paredes, potencia la gran luminosidad de los interiores y ayuda a integrar los espacios. El suelo también crea continuidad. Toda la casa, a excepción de la cocina, se ha revestido en tarima de roble natural.

Toques de color que dividen con personalidad

“No queríamos que fuera concebido como zona de estar sino como el “pulmón” de la casa”. Con esta intención, y siguiendo el mismo concepto del resto de la vivienda, el patio se configura como un espacio sencillo en el que no se abusa de plantas o mobiliario. Como elemento destacado, la fuente en la jardinera se integra en el conjunto y sirve para llenar de frescura la estancia en los días de verano. El blanco es el color protagonista de la paleta de colores. Sobre él se ha establecido un juego con una gama de azules que se van combinando con tonos rojos consiguiendo un conjunto vibrante y lleno de carácter.

“En el comedor quisimos que las sillas (en Tristán Domecq) fueran protagonistas. Las elegimos de madera para apaciguar el azul tan intenso de paredes y alfombras. Son las únicas piezas vintage de la casa, de los años 50″, explican desde el estudio. Junto a ellas, mesa en Rue Vintage, papel pintado en Colefax and Fowler y alfombra Cotlin diseño de Rebuelta Domecq. 

El patio ha sido diseñado con un estilo sencillo para integrarse en el interior, protagonizado por el color azul, el cual aparece en las alfombras y delimitando la zona del comedor. 

De hecho, el color aquí sirve para crear dinamismo, un hilo narrativo y, también, para diferenciar estancias, como es el caso del comedor. En él, un papel pintado de Colefax and Fowler y una alfombra diseñada por Rebuelta Domecq delimitan el espacio con intensos tonos azules. Contiguo a este rincón se encuentra el salón, en el que se han creado dos áreas diferenciadas, dominadas por un sofá muy vistoso de Studio Bañon y una potente estantería, respectivamente. “A los dos clientes les apasiona la lectura y tienen libros por todos lados. Por eso quisieron destinar una zona del salón para poder leer tranquilamente, donde les propusimos una estantería concebida como si se tratara de un cuadro. En la otra zona, pensada para recibir invitados”, informan, “situamos la chimenea como eje”.

Armonía contemporánea

Elegir el mobiliario ha sido el mayor reto, de acuerdo a las autoras. “En general solemos combinar piezas de diferentes épocas, porque eso da a los espacios un equilibrio muy bonito. Pero en este caso teníamos que hacer una composición únicamente con piezas actuales”, concluyen. “Y aunque en un inicio fue algo complicado, la realidad es que el resultado funciona”. En parte porque, si algo mantiene en común este proyecto con otros realizados por Rebuelta Domecq, es el esquema continente neutro más acento a través del mobiliario y el arte. Una huella dactilar en la que, en esta ocasión, han arriesgado con éxito al convertir el color azul en protagonista dentro de esta fórmula que les caracteriza.

El aseo es un rincón creativo y arriesgado en el que se encuentra el único mueble de la casa original, que ha sido restaurado y se ha mantenido exactamente donde se encontraba. “El papel de pared le encantaba a la clienta pero no se atrevía a ponerlo en un lugar muy vistoso por miedo a cansarse. Le sugerimos que el aseo era buen sitio”, comentan las autoras. Como detalle, los cojines del salón tienen ese mismo diseño impreso en tela de lino.

Detalle de la mesa del comedor con accesorios de cristalería.